Tomaba un café con una prestigiosa coach de trayectoria y experiencia impresionantes, y hablábamos de Womantalent y de Business Women Leadership, de por qué crear grupos como estos, orientados a las mujeres, y de si hay reales diferencias entre el liderazgo femenino y el masculino, entre la mujer profesional y el hombre profesional…

La verdad es que sin sentirme especialmente feminista- para nada- recojo mi propia experiencia vital y, sobre todo, la de decenas de mujeres con las que me he encontrado a lo largo de mi vida, con las que he trabajado, a las que he seguido en su trayectoria, a las que entrevistado o con quienes simplemente me he encontrado.

Constato puntos comunes que raramente se dan con los hombres. Desde la alta directiva de Recursos Humanos que me confesaba hace unos años (“he tenido que dejar de trabajar, porque tengo tres hijos, una de ellas adolescente. Yo trabajaba de sol a sol, imagínate, y llegó un momento en que o dejaba de trabajar o esa hija se me perdía. Me costó mucho renunciar, pero tuve que hacerlo para ocuparme de ella“), hasta un caso cercano, muy cercano que conozco bien.

Se trata de una gran profesional con quien he coincidido en dos empresas diferentes. La he visto trabajar y desenvolverse con soltura en un mundo de hombres, siempre bien considerada por su capacidad para hablar, pensar y ejecutar “como un hombre”. Que conste que es bellísima y muy femenina en su vida personal, pero en el trabajo es …pues eso, “como un hombre”.

Inmediatemente después de tener a su primer hijo, un bebé muy esperado tras varios intentos fallidos, le llamaron de su empresa. “Tienes que volver ya. Hay un tema urgentísimo del que te tienes que hacer cargo“. La presión de la solicitud no le dejó opción. Tuvo que renunciar a su baja y reincorporarse apenas dos semanas después del parto, cortar la lactancia presencial de forma abrupta y sufrir por no poder disfrutar de ese momento tan especial de los primeros meses de su bebé.

Al final, no era nada realmente urgente lo que había que hacer, es más, se retrasó casi medio año, y lo mejor es que como premio a su esfuerzo y dedicación, a los tres meses, le colaron un jefe traido de fuera, para el puesto al que ella aspiraba y que le habían prometido. ¿Explicación? “En esta empresa, para promocionar, hay una norma tácita de estar al menos un año en el puesto anterior y como tú has tenido un bebé...” P´habernos matao.

Esta misma profesional, siempre reclamada para honores como estar en los Consejos como asesora honorífica o como apoyo a los altos directivos y hasta del presidente de la empresa, nunca ha conseguido ser nombrada oficialmente, una situación que he visto demasiado frecuentemente en mujeres de gran valía.

Le contaba yo esta historia a la coach como ejemplo de una de tantas experiencias que cada una de nosotras puede recoger sobre desaprovechamiento de talento, falta de reconocimiento o renuncia final a la vida profesional en las mujeres y comentábamos que el secreto del (relativo) éxito de mi amiga y compañera era sin duda el saber relacionarse como un hombre en el trabajo. Por ello, era respetada y bien considerada, pero el hecho de que su nombramiento nunca se concretase podria responder al miedo que los hombres tienen de dejar ascender a las mujeres, me señaló la coach…

-“¿Pero tu crees que hay una conspiración internacional mundial masculina para no dejar ascender a las mujeres?“, le pregunté a mi interlocutora descartando en la propia pregunta tal posibilidad.

Y ella me dio una explicación que, aunque obvia, yo no habia verbalizado hasta ese momento… “Los hombres triunfan más fácilmente en el trabajo porque trabajan en un mundo hecho por ellos y para ellos, con un lenguaje, conductas y códigos de hombres. Tu amiga tiene éxito y es respetada porque asume esos códigos y los emplea, lo cual no es muy común, porque las mujeres actuamos, pensamos, sentimos, interpretamos y expresamos de una manera distinta. Pero ponlo al revés. Imagina a un hombre trabajando en un mundo de mujeres, en un universo femenino al 100%. Probablemente, lo mismo que ocurre en la vida real o en las relaciones de pareja, los hombres no se adaptarían a nuestro lenguaje, ni a nuestras reacciones, ni a nuestra manera de trabajar. No entenderían nada, meterían la pata mil veces… Si las reglas del mundo laboral las dictásemos las mujeres, ellos se sentirían fuera de lugar y muchos fracasarían, como la mayoría de nosotras fracasamos tantas veces en un mundo laboral masculino“.

¡Vaya!. Según esta posibilidad, la feminización del mundo laboral podría representar una amenaza para el hombre, que preferiría en general trabajar con hombres con los que saber a qué atenerse… le di una vuelta, y llegué a la conclusión de que la coach podía tener razón.

De algún modo, este asunto habría estado bloqueando durante años el ascenso de las mujeres… Por supuesto, a medida que más mujeres lleguen a la alta dirección, más mujeres entrarán a formar parte de las cúpulas directivas y consejos y todo irá cambiando, “femineizándose” o, en realidad, concretándose en un nuevo modelo más neutro.

La progresiva homogeneización de roles que estamos viviendo en nuestra sociedad también contribuirá- espero- a unificar los criterios, pero mientras tanto, creo que lo que la coach me argumentó podría ser una razón. ¿Cuántas de vosotras educadas en los 70, 80 y 90 para, al menos en teoría, ser desde el punto de vista laboral exactamente iguales o mejores que el hombre- habéis sentido que nos movemos en un mundo laboral con reglas masculinas?

Seguro que los pequeños fracasos que todos tenemos se los habéis atribuido el 90 % de las veces a carencias propias (hablo demasiado, soy demasiado insegura, he interpretado mal lo que me quería decir, le he dado demasiada importancia a un gesto, le doy demasiadas vueltas a todo, soy demasiado apasionada en lo que hago, no sé cómo explicarlo sin que siente mal…)

¿Y si lo que ocurre es que os comportáis como mujeres en un mundo de hombres, en un entorno en el que comportarse como una mujer no se considera profesional? Lo dejo ahí para reflexionar, aunque matizo que no es todo el problema, sólo parte.

En la lentitud del paso de la mujer a la plena incorporación a las cúpulas de mando creo que interviene su propia naturaleza: su generosidad y vocación de servicio a los demás- hijos, padres, familia, amigos. Ese sentimiento de protección, de cuidado al otro aún a costa de sacrificarse uno mismo,, en contraposición con un hombre, no sé si nacido o educado – o ambas cosas- para ser él mismo y no él y los demás, juega en nuestra contra… de ahí vienen los afanes por la igualdad de oportunidades, por la compartición de roles y tareas, tan difícil de conseguir…y que me perdonen los hombres que ya están en otra onda, los que sonn generosos y capaces de renunciar y dar con naturalidad, que haberlos haylos. Esta es sólo una reflexión que dejo sobre la mesa pues mi mayor sorpresa ha sido plantearme que quizás el mundo laboral en el que me he movido hasta hoy haya sido un mundo de hombres.

Yo no lo había visto hasta ahora así. ¿Y vosotras?