Hace ya mucho tiempo que no la veo. ¡Tanto tiempo..! Mi hermana murió un 12 de diciembre de 2007, de un cáncer, cuando tenía 42 años. Me sacaba 5 años, pero, qué extraña sensación, ya soy mayor de lo que era ella entonces…el tiempo me ha marcado arrugas y canas, me ha hecho tal vez más sabia y más madura, pero ella sigue siendo mi referencia.

Ana se me ha quedado paralizada en el tiempo, bella, sana, fuerte. Con su pelo negro azabache, su piel morena, la piel mas suave que yo recuerdo. Su sonrisa amable, su firmeza y aplomo, su sentido común, su rectitud ante la vida, prevalecen en mis recuerdos. No. No me he olvidado de su rostro ni de su voz.

Suena la música y la veo como en una película, en diferentes momentos de su vida y de la mía…cuando me defendía y me protegía, cuando me advertía de un peligro o me explicaba problemas de matemáticas… Cuando ponía orden en mi familia, y su dictamen sentaba cátedra, porque hasta mis padres acataban su impecable lógica y buen tino.

La siento conmigo hoy. Y cuando eventualmente me llegan estos increíbles momentos, intento alargarlos todo lo posible… cruzando los dedos porque ese recuerdo se quede, por mantener la visión mágica de ella en movimiento por la casa, por seguir viéndola como si fuese  real.

Hoy estoy aqui, sentada en la cocina, llorando como una tonta mientras escucho “It´s a heartache” de Bonnie Tyler, una canción que me la ha devuelto por un momento porque a ella le gustaba y porque como hermana mayor, gran parte de mi historia musical, de mis recuerdos ligados a canciones, me los ofreció ella...vuelvo a poner la canción una y otra vez por esa sensación sobrevenida  que me produce como de estar viéndola, como si los acordes de la canción, con esa fuerza evocadora que tiene la música, pudieran cambiar el hecho de que hace tanto tiempo que ella ya no está.

Me pasa muy frecuentemente que se me aparece, me la imagino sentada a mi lado en el coche oyendo la radio conmigo, porque todos los temas de los 70 y los 80 son de ella. Desde Tina Charles -el primer casette que grabó cuando sólo tenía 12 años y que yo escuché mil veces en casa-, hasta Boney M, The Bee Gees, The Police, Sade o Soft Cell.

La recuerdo años después sentada en esta misma cocina, charlando sin descanso, siempre tan dulce, tan serena y formidable. No es que la muerte mitifique a los que se van, o que inevitablemente pensemos que siempre se van los mejores. Es que ella era realmente especial y única. Como ya he dicho otras veces, tenía el don de la cotidianeidad. Hacia extraordinarias cosas tan ordinarias como ir a un centro comercial, como pasar una tarde sin hacer nada, o viendo la tele, algo que le encantaba. Celebraba como nadie la Navidad y poner el árbol con ella era un ritual que he tratado de repetir estos años con mis sobrinos. ¡La echo tanto de menos! Cómo me gustaría verla de nuevo aquí, sentada conmigo, tomando café tras café, mientras nuestros hijos juegan y fortalecen nuestra unión y la suya, un vínculo que, gracias a Dios, a pesar de todo lo que nos ha pasado, no se ha podido romper: ellos son hermanos también.

Luego me vienen los recuerdos de su enfermedad; su imagen caminando por el pasillo de su casa, tratando de mantenerse en pie a duras penas mientras recorría un interminable camino a su habitación apoyándose en las paredes, erguida hasta el final en una lucha que ella supo perdida casi desde el principio. Su cáncer era muy puñetero.

La veo con su pelo corto, su melena ausente por primera vez en su vida, en gesto preventivo para no asustar a sus hijos ante las inminentes secuelas de la quimioterapia. La recuerdo feliz en Santander el ultimo verano, durmiendo conmigo en la misma cama, cenando en el jardín, bebiendo mojitos, riéndose, sentenciando situaciones con agudeza e ironía… humor cántabro, decimos en casa. La recuerdo tristemente sentada sola aquella tarde en la playa de Liencres, mirando al mar que tanto amamos, despidiéndose de todo lo que había significado algo para ella.

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Tras ese verano, empeoró. Los últimos días de su vida… me gustaría olvidarlos. Me gustaría olvidar el dia que me fui de su casa- vivía en otra ciudad-  porque tenía que trabajar y le prometí que volvería al fin de semana siguiente. Me miró en silencio y no dijo nada. No volví a verla. Murió un miércoles.

Me llamó mi padre a primera hora de la mañana. “Ana ha muerto. Ven” y su grito silencioso resuena persistente en mi cabeza y tengo la certeza de que ese día se le partió el corazón en mil pedazos.

Asi que Ana se fue. Justo antes de que mi padre llamara, yo soñaba con un paisaje nevado, una montaña que un yo que era ella –y que me producía un sentimiento de confusión hasta no poder distinguir si se trataba de ella o de mi-,  se esforzaba por subir a la cima para deslizarse después en pendiente pronunciada por un rio alegre lleno de peces de colores y llegar a una especie de jardín edénico… ¿un aviso, un mensaje, una metáfora, un reflejo de mis miedos, de los suyos, una conexión, el subconsciente?

No sé qué significa ese sueño. Sólo sé que sonó el teléfono... “Ven...”, dijo papá. Y fui, como sonámbula, como en un guardavela, medio flotando en medio de la nada. En el tanatorio, sobre su ataud, lo primero que vi fue un cuadro que representaba un rio con peces de colores.