Los tres chicos me miraron cobeijing-tiananmen-squaren sus ojos como entrecerrados. Uno tenía cara de malo, directamente. Otro de tonto, y el tercero tenía un rostro completamente inexpresivo, como nos parecen muchas veces a los occidentales los rostros orientales de mirada rasgada.

Nosotros, los chinos, somos un pueblo hospitalario“, me espetó el más espabilado y el que llevaba la voz cantante, o sea, el de la cara de malo. “Y vamos a dejar este asunto en 300 yuanes“, aseguró.

Mi amigo se llevó la mano al bolsillo. Al fin. Suspiró. Yo sonreí con beatífica hipocresía oriental.

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La historia es la siguiente. 12:00 del mediodía. Suena el teléfono en mi casa de Haidian, en Beijing. Un amigo, alto cargo de un Banco español, me habla con un hilo de desesperación en la voz: “Beatriz, ven por favor. Tengo un problema en la recepción del hotel y no puedo resolverlo porque no hablo chino y me están liando“.

Acudo rápida. Sé que mi amigo no me llamaría de no ser un caso difícil. En la recepción del hotel, José lleva desde las 9:00 de la mañana discutiendo en combate a muerte con tres jóvenes chinos, casi adolescentes, que aseguran que ha atropellado a uno de ellos y que el extranjero tiene que pagar por ello (dinero, principalmente).

El moderador del debate, el gerente del Hotel (un chino rechoncho y feliz con el que me llevo bien porque, según él, le recuerdo a Julia Roberts -para los chinos, las occidentales nos parecemos, con estas narices tan grandes…-) y que con esa zalamería intenta convencerme para que participe en una serie de televisión, (porque además de ser manager del hotel, busca rostros extranjeros para productoras chinas), calla y otorga, no se pone de parte de uno ni de los otros y argumenta que como el presunto atropello ha sido a tres centímetros de la puerta de entrada de su hotel , no es su jurisdicción.

José se disponía a entrar en el recinto con su jeep blanco. Al ser verano, llevaba las ventanillas bajadas y al parar en la puerta justo antes de entrar, no vio venir el numerito. El bobo del trío se tiró delante de sus ruedas, a coche parado, claro; el inexpresivo se le metió por una ventanilla para distraerlo y el inteligente se le sentó en el asiento delantero del copiloto mientras le quitaba las llaves de contacto.

Beijing-Friendship-Hotel“¡Ay, ay, ay, me han atropellado, mi pierna, mi pierna!“, gritos y escandalera hasta hacer un círculo de gente para juicio público, algo tan habitual en aquella China de los 90, haciendo salir al gerente rechoncho, el señor Wang, molesto por tener que resolver tan desagradable incidencia en su propio Hotel, que al fin y al cabo, se debe a los clientes, pero sin posibilidad de ir contra los chinos, pues eso podría ser considerado por él mismo y por los demás como una suma deslealtad hacia su patria.

El extranjero ha atropellado a mi amigo (el portavoz del grupo ya sabeis quién era), y tiene que pagar por ello. Estos extranjeros vienen a nuestro país, con dinero, con chulería, con prepotencia, a machacarnos y a demostrar que son más ricos que nosotros… y se permiten abusar y hacer lo que les da la gana… como atropellar a mi amigo, un chino de pro, un joven inocente y valioso…pero él es guiri, tiene dinero, le sobra. Que pague. Este es nuestro país“-venían a ser sus argumentos en el speech callejero ante un público local rendido a sus pies.

Tiene razón el joven. Los extranjeros son unos abusones. Vienen a China ostentando y pretendiendo ser más que nosotros, cuando esta es nuestra casa. Se creen con derecho a atropellarnos y no pagan las consecuencias. ¡Que pague!“, suscribían sus oyentes…

Por fortuna, Wang tuvo la habilidad, tras tres cuartos de hora de enjuiciamiento criminal callejero, de llevarse al trio chino y al español a la recepción del hotel, fuera del alcance de terceros en discordia.

José, que sólo hablaba inglés, no se había enterado de mucho, aunque se imaginaba. Y el señor Wang le hacía de intérprete.

Que pague usted a estos jovenes 800 yuanes y todo queda zanjado. En caso contrario, irán a la policía y ya sabe usted lo que eso significa… visita al hospital chino para hacer una cola de horas y que atiendan a nuestro atropellado para valorar sus lesiones, muchos trámites, posible estancia de horas o incluso días en comisaría, imprevisibles consecuencias con nuestro sistema policial y judicial...”

La perspectiva es preocupante. José sabe que en el mejor de los casos, no puede perder ese tiempo. Tiene reuniones, llamadas: trabajo, en definitiva. Ya son las 12:05 cuando yo llego desde mi apartamento, ha perdido tres horas y ha tenido que anular una cita con un cliente. Está furioso y agotado por la intensidad de la discusión y lo absurdo de la situación.

Beatriz, ¿qué hago? No me dejan irme, si lo intento, llamarán a la policía y me la lian. El señor Wang no puede ir contra los chinos y no echa una mano, cuando él podria acabar con toda esta tontería. Y no es que 800 yuanes sean mucho, es que me sabe mal que se salgan con la suya. Les he ofrecido 400 y no aceptan. No quiero que me lo vuelvan a hacer mañana”.

Tiene razón José. En China, estas cosas nos han pasado todos los días, con diferentes resultados. El deporte nacional parece ser hacer perder el tiempo y exasperar al extranjero para que pague por ese tiempo, si quiere tenerlo, con cualquier excusa. Por mi mente, en unos segundos, pasan distintas experiencias de estos años en el país, en las que he desarrollado una total empatía con mis interlocutores locales, tratando de entender su cultura, su sensibilidad, su manera distinta de razonar, comprendiendo que lo que estos chicos estan haciendo no es una pura y descarada extorsión, sino un gesto de supervivencia natural y justificado desde su punto de vista, de verdad, realmente, porque ellos consideran justo que el pobre se financie del rico y más si es extranjero, y con mayor razón si asi el extranjero devuelve un poco a China todo lo que China hace por él…

SPCL CECILIA

Cruza por mi mente toda esa empatía y simpatía. Me los imagino pobres, en sus casas frias y pequeñas, sin baño ni agua caliente, con unos padres anulados por el sistema, acosados por duras experiencias de años atrás, traumatizados por aquella terrible Revolución Cultural que tanto daño hizo… me pongo en su lugar, comprendo su razonamiento, comprendo sus circunstancias, comprendo, empatizo, comprendo… y total, son 800 yuanes, que para José son peanuts.

Empatizo también con el señor Wang. Pobrecillo. Gerente de un hotel con clientela mayoritariamente extranjera, contaminado ya por nuestros usos, costumbres y maneras de pensar, capaz de razonar como nosotros, pero chino al fin y al cabo, leal a su gente, patriota, orgulloso con razón de su país y de su pueblo. ¿Cómo va a definirse? No es posible, no puede…es una cuestion moral para él, y también de ahorrarse problemas con los suyos.

Y, finalmente, tras empatizar, echo mano de los recursos de que dispongo, inspirada por la educación que me han dado mis padres, que en el proceso educativo, tantas veces se han dejado de empatías y me han dicho exactamente lo que está bien y lo que está mal.

-Intentemos razonar una vez más- le digo a José.

¿Qué ha pasado aquí?- pregunto.

El listo me explica todo.

Su amigo atropelló a mi amigo. Debe pagar

¿Cuanto?

800 yuanes

-Mi amigo ha dicho que os da 400

-Es poco. No aceptamos

-Pues 450

-Tampoco

-Pues nos vamos

-Llamaremos a la policia

Llamadla

José y yo nos vamos, decididos, firmes. El atropellado doliente que hasta entonces estaba sentado en una silla con la patachula, estirada, como si tuviera algo, salta como un tigre sobre José y se agarra a su pierna. Los otros dos colegas lo sujetan por los brazos.

Pongo la cara de mi madre y su mirada fulminante cuando les digo, delante del gerente:

¿No estaba tu amigo tan mal? Sois unos mentirosos, unos timadores. Estais dejando mal a vuestro país. Un chino no puede comportarse asi y tirar por los suelos el buen nombre de China.

Se quedan secos. No se esperaban el contraataque patriótico

Nos vamos– les digo.

Y echamos a andar. José no da credito.

-¿Qué les has dicho? ¿por qué nos vamos? ¿Qué..?

Los chicos salen detrás de nosotros y nos paran en la calle. Yo mantego mi gesto serio,  reprobando su conducta. El inteligente se lleva las manos al pecho, como recitando un poema.

Nosotros, los chinos, somos un pueblo hospitalario, recita . “Vamos a dejar este asunto en 300 yuanes“, asegura.

Mi amigo se lleva la mano al bolsillo. Al fin. Suspira. Yo sonrío con beatífica hipocresía oriental. Orgullosa de mi empatía, supongo.